Semáforos represores

Quizá un día camine por la facultad y de repente se me cruce un tipo, quizá me mire a los ojos con mirada seria y comprometida y me entregue un volante que diga esto:

En el mundo reina un orden aparentemente natural, aparentemente deseado por todos y aparentemente en función de un bien común. Pero ese orden es parte de una gran mentira, y acá venimos a desmistificar de una vez por todas a uno de los dispositivos nefastos que contribuye a construir la jaula en la que vivimos. Se va a acabar la dictadura de los semáforos. Estos dispositivos de poder que, bajo la apariencia de una absoluta imparcialidad, contribuyen a reproducir un orden injusto. Ya que no puede haber subórdenes justos cuando el orden principal es injusto, ergo: todo orden es injusto!

El semáforo divide el tiempo de paso en partes iguales, pero esa igualdad se monta sobre una desigualdad anterior y fundamental… ¿acaso todos tenemos el mismo apuro? Un semáforo social debería dar cuenta de aquella máxima de “de cada quien según sus posibilidades y a cada quien según su necesidad”. Porque para el burgués, su detención ante el semáforo mientras éste se dirige panchamente a su comida en “las cañitas”, o a algún torneo de polo, no es más que una breve extensión temporal de su simple paseo dominguero. Para un proletario que vende su fuerza laboral, su tiempo de trabajo, en el mercado, el tiempo es un equivalente de valor, y de un valor que en otros rincones del circuito capitalista emerge transformado en plusvalía. ¡Así que el semáforo nos extrae la plusvalía!

Debemos luchar por un mundo en el que todos aceleremos con placer, dando por tierra con aquello de “donde termina el auto de uno en un choque, empieza el auto del que se cruzó”. Dando por tierra ese concepto de libertad en la que el otro es sólo alguien con el que potencialmente nos estrellaremos.

Y por eso te convocamos para que marches con nosotros, caminando por el medio de las avenidas, vulnerando las restricciones semaforarias, mientras agitamos banderas rojas, y verdes, y de nuevo rojas; mientras los automovilistas nos observan, uniforme e igualitariamente detenidos ante nuestro paso!

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Macri vs D’Elía

Comparemos un poco a estos dos personajes, para ver si uno es tan tan como dicen y si del otro no deberíamos hablar un poco más. La intención no es defender a D’Elía, que es un personaje bastante complicado, sino tratar de ampliar un poco la mirada para que incluya a más personajes complicados, y quizá entonces podamos ser un poco más astutos a la hora de votarlos.

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Tres mitos de la clase media argentina

A continuación tres creencias surtidas que parecen ser comunes en el sentido común de tanto opinador que anda por ahí.

El estado no hace nada. No deberíamos pagar impuestos, porque todo impuesto va al agujero negro que es el estado. El estado es malo. Que un presidente quiera juntar más plata para la caja del estado es terrible, no se debe permitir. La plata de las jubilaciones, que maneja la Anses, debe quedar guardada en un sobre, dentro de un zapato, debajo de la cama. Y no prestarse a compradores de autos o lavarropas, y menos que menos financiar al estado, como era con las AFJP (bonos) o como es en otras partes del mundo. Porque el estado no hace nada. No mantiene quichicientas universidades que se caen a pedazos, ni alimenta a porcentajes de dos dígitos de argentinos con planes, ni maneja escuelas, ni tiene hospitales, ni rutas, ni policía. Todo impuesto iría al bolsillo de los presidentes, directo. Un par de casos de sobreprecios, alguno incluso real, lo prueban: no hay estado, sólo un gran bolsillo en un saco cruzado abierto.

(¿Cuántos de los que despotrican son honorables médicos o contadores… recibidos en la UBA?)

Ah… no ¿ese? ese hace clientelismo. Qué mal estos pobres que no aprenden a hacer cacerolazos en Santa Fe y Callao como corresponde, y canalizan sus demandas por oscuros personajes conurbanences, que los usan, los controlan, y los dirigen. Y todo lo que vemos de “los pobres” es eso, así que eso son y los pobres son siempre clientelismo y toda expresión política que logren tener es repudiable. No me importa que detrás de ese pedacito de iceberg haya una red de comedores, haya una lucha por un asentamiento, o por diversas conquistas lejanas en partidos del conurbano tan lejanos como países asiáticos. Y por qué no decirlo: La única razón que explicaría la existencia de pobres, es… el clientelismo. Y, desde ya, todo plan social es contrapartida de esto.

(¿Y cuántos evaden impuestos por más del valor de un plan “jefes y jefas”? ¿Cuántos “canalizaron sus demandas” sobornando a algún funcionario, policía o inspector?)

La sociedad argentina es la peor. Mala, no solidaria, individualista y traicionera. Y por eso el país no tiene futuro, y por eso no podríamos tener una buena empresa estatal, ni tener alguna vez líderes potables. Todos sabemos que somos malísimos…. y al mismo tiempo sabemos que en el exterior nos odian, por lo buenos que nos creemos que somos. Todo argentino lo sabe: somos un desastre, y somos los mejores. Al mismo tiempo. Y debe ser por tanta confusión que bombardeamos a los extranjeros preguntándoles “¿cómo nos ven? ¿cómo nos ven? ¿cómo nos ven?”.

(Quizá esto lo explique el que mientras que cada argentino cree que él es bueno, cree que sus conciudadanos son malos. A cada argentino le preguntamos: ¿Vos cómo sos? Y caaada uno responde “¿Yo? soy bueno, el problema es el resto”. Sin embargo, si preguntamos a un extranjero de visita, actual o pasada, qué piensa, en general, de los argentinos la respuesta es casi mayormente que están contentísimos de la amigabilidad, del buen trato, etc.)

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Descarrió

Carrió es uno de los temas de conversación más frecuentes entre los que solemos leer algún diario. Todavía nos seguimos sorprendiendo. Como una tía que no ve al sobrino desde hace tiempo y le dice “qué grande que estás!”, o quizá mientras se hojea un album familiar. En ese album vemos a una rubia (no platinada), ensanchada de progresismo, siempre a punto de decir alguna cosa masomenos interesante.

Como un cometa surcó el firmamento ideológico, dejando a su paso una estela de antiguos aliados, de ex-admiradores desencantados. En diputados hay todo un bloque de ex-ARIs. Pero bueno, ya se ha dicho mucho sobre esto.

¿A quién le habla Carrió? A un segmento ideológico que no sé si es muy tenido en cuenta: Carrió le habla a los desinformados, a los ignorantes. Le habla a los que hojean de prestado un diario los domingos, a los que escuchan noticias en los intersticios de los medios. A los que escuchan programas de radio y siguen una realidad política de 2mm de profundidad. A los ignorantes políticos, bah. Esta gente, al no seguir concienzudamente la realidad, la escucha predecir el futuro y en la misma oración jactarse de haber acertado… y le cree! Ese módulo comunicativo carrioense, que consiste de una predicción + una jactancia sobre otra predicción anterior, es como una pieza de rompecabezas aislada, con una partecita cóncava y otra convexa. Y como esta gente “le cree” entonces se imaginan que esas piezas se encastran y forman una continuidad. Hacen inducción completa de esa partecita (diría un matemático). Claro que sabemos que esa secuencia de predicciones y aciertos… no existe. ¿Cuántas veces dijo Carrió… “Marzo. Recuerden: Marzo.”? Y llega marzo, y nada.

No sé cuánto durará ese efecto. Carrió está empezando a incurrir en absurdos que ya lo son en aislamiento. Su última jugada, la más bizarra de la política reciente, el ir a “golpear a las embajadas” (los cuarteles pasaron de moda) no debería pasar así como así. Espero.

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Nacionalismo argentino

Los nacionalistas se tragaron enteras varias metáforas. En algún momento a alguien se le ocurrió que una bandera era una buena metáfora del pueblo, de su cultura, felicidad e intereses, y esa persona, queriendo hablar de lo bueno y loco que era todo eso, dijo, para abreviar, que la bandera era sagrada. Luego los nacionalistas creyeron realmente que la bandera era sagrada, que estaba compuesta de fibras de algodón bendecidas, mágicas. Que habría que proteger la bandera, cuidarla, incluso a costa del pueblo, su cultura, felicidad e intereses. Y la patria pasó a ser una bolsa de objetos. Revolvemos y encontramos algún himno, la flor nacional, la bandera, etc.

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