Vivir en una sociedad es más que amanecer cada día en un mismo distrito geográfico. Es compartir un ser colectivo, formas de pensar y de sentir que están más allá de nuestro alcance consciente y que a veces llamamos con el impreciso nombre de “sentido común”. Y a veces ese sentido común puede tener ciertos componentes claramente reprobables, como antisemitismo, machismo, etc. Pero como la imposición de ese sentido es total, no nos pregunta antes si somos parte de ese grupo discriminado.
Y es así como muchas veces los grupos terminan por adoptar las palabras peyorativas que los refieren, y con éstas, los conceptos que arrastran. Es así como hay judíos que cuentan chistes antisemitas, o minorías que adoptan para usar entre sí las horribles palabras que otros les dedican. Y muchas veces eso es porque, a pesar de estar nominalmente en contra de esa estigmatización, por vivir en la misma sociedad compartimos un poco, aunque no queramos, esa “energía”, esa corriente de connotación, lo que el “sentido común” nos dice.
Y es un error. Es un error que un judío reproduzca chistes antisemitas, que es un intento de desaparecer, de mimetizarse, tal como lo es cambiarse el apellido porque suena judío, o ser escritor televisivo y evitar cualquier indicio de que en este país alguien no sea cristiano, y otras maneras de, mediante la vergüenza sobre lo que uno es, confirmar el antisemitismo.
Lo que nos mueve a hacerlo es, quizá, mostrar que no somos eso, apartarnos. Porque al vivir en esta sociedad, que nos impone un “sentido común” determinado sin consultarnos mucho, inconscientemente damos por cierta la definición “de la gente”, y también entonces inconscientemente pensamos que está mal enojarnos con esa definición (porque casi sin saberlo la compartimos). Y eso aparece quizá en la consciencia como la idea de que está mal visto reaccionar ante el antisemitismo, ser “quejoso”… y… ¿qué mejor manera tiene un judío de mostrar que no es tan quejoso ni tan frágil que seguir los espantosos pasos de un Norman Erlich y contar chistes tomando los peores estereotipos?
El efecto secundario que la existencia de un Norman Erlich agrega (agregaba) a la situación (y también lo hacen los desconocidos que siguen su ejemplo) es que cualquiera que intente impugnar alguna actitud antisemita en otro puede recibir un “uh, loco… ¿por qué no sos tan copado como un Norman Erlich? Sísí, ese que no tiene problema en ser el judío que yo espero que sea”.
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