Después del kirchnerismo

¿Qué pasará cuando un nuevo gobierno reemplace al actual? Si bien hay un clima hoy de que la política está cambiada, lo cierto es que las cosas siempre terminan volviendo más o menos a su curso. De la misma manera que después del 2001 no cambiaron demasiado las caras. Las cosas se van a recomponer, cuando se deshaga la deformación que impone la polarización irracional actual.

Un cuerpo muy masivo, con la gravedad que genera a su alrededor, de alguna manera tuerce y deforma el espacio circundante. En la política actual este cuerpo no es un atractor, sino un gran repulsor. Esta repulsión gravitatoria empuja a políticos a posiciones que, en la práctica, terminan siendo no consistentes ni con lo que normalmente harían, ni con sus historias políticas. Desaparecido el kirchnerismo es de esperar que muchos actores sean más progresistas, más de izquierda, de lo que parecen hoy. Todo esto, claro está, no se aplica a la verdadera derecha. Esa que no necesita de un Kirchner para serlo. Un Macri, un De Narváez.

Desaparecido el kirchnerismo, el tomar la inciativa para deshacer las cosas que el gobierno hizo va a cobrar otro significado. Una ley correctora de la “ley de medios” será claramente una “ley Clarín”, y habrá que ver si al imperio comunicacional le sigue dando el cuero para contener un frente mucho más disperso, y no unificado por la repulsión anti-K. Las AFJP no volverán, como mucho puede aparecer un sistema cartón pintado de “y estos son tus aportes”, sin mucho efecto real. Si no logra hegemonía la verdadera derecha, Aerolíneas no se va a reprivatizar, ni se eliminará el ingreso universal. En este mantenimiento de lo conseguido ayudará la importante presencia de izquierda (A y B).

Lo que sí se modificó en la política es, quizá, la aparición de un espacio fuerte que hoy representa Kirchner, pero que en un futuro tendrá otros líderes. Un gobierno “republicano y federal” va a dar el marco para que se amiguen algunos espacios hoy enfrentados. No hay diferencias de fondo, por ejempo, entre los seguidores de Pino y los del gobierno. Hay un enfrentamiento que quizá sea más de personalidades, de piel, que de fondo. El ego de Pino, al no poder rebotar más contra el ego del gobierno, será menos obstructivo, quizá. Los diputados “residuales” del FpV (bah, los que realmente, de corazón, pertenezcan al espacio), los ex concertados radicales K, proyecto Sur, etc. es posible que se sumen a un solo bloque.

Y quizá en cuatro años de gobierno no-K se pueda reconfigurar el espacio alrededor de una figura que claramente no pueda ser relacionada con el kirchnerismo, alguien que pueda retomar lo bueno sin heredar la mala leche.

La verdad y la discusión

Vos creés en algo, un par de ideas, a veces resumidas en consignas, a veces sublimadas en gustos artísticos.  Idealmente creés en eso porque, para vos, esa es la verdad.  Sí, bueno, hay algún componente arbitrario: en el fondo yacen algunos axiomas fundamentales, emocionales. Decisiones tomadas acerca de qué es justo y qué no, listas ordenadas de valores.  Pero sobre eso se articula un pensamiento que idealmente debe ser consistente, ordenado, a partir de esos principios.  Y en la superficie de tanto pensamiento, nadan algunas consignas. Y no creés en ellas porque sí, por la forma particular que tengan, sino porque, en el marco de los propios axiomas de valor, es la verdad.  Si no fuera la verdad, si vieras que la verdad fuera otra cosa, creerías en esa otra cosa.

Si tenés la verdad no te puede dar miedo perderla. Y por eso hay que animarse a discutir con cualquiera, en la calle, en un bar, en el colectivo. Hay que saber callar al otro con argumentos, ganar el ajedrez de las mutuas refutaciones.  El día que no puedas refutar al otro, tenés que sentarte a pensar, a analizar, preguntar a otros, y quizá cambiar de idea.

Básicamente es estar con la guardia baja en las discusiones, mirar a los ojos al otro y tratar de entenderlo, jugar con sus ideas. Si no funciona eso de la guardia baja, entonces es que no vale la pena seguir la discusión.

Y esta gimnasia te va a llevar a que cada idea que tengas la puedas fundamentar.  Uno no empieza pudiendo fundamentar todo, y quizá no se termine nunca, pero es un ideal.

Caminando por los debates así, con cuidado, pisando livianito, nos garantizamos solidez.  Mucho mejor que emprender defensas fuertes, que sabemos falsas pero efectivas en callar al otro.  Si nos mostramos completamente racionales en lo que pensamos, y nada de lo que decimos es por fanatismo, entonces estamos en una posición mucho más fuerte para debatir.

Algún programa de televisión que defiende a cierto gobierno, por poner un ejemplo, se beneficiaría si abriera más el juego, bajara más la guardia y fuera un poco más justo. Se puede tirar la pelota lejos, porque confiamos en quién tiene razón, y sabemos que va a volver, y si no.. no valía la pena.

Falsos mitos fundantes

Suponete que en universidades, congresos y otros lugares así de culturosos se empieza a descubirir, no sé, ponele, que San Martín era en verdad un maldito vendepatria. La idea cierra, aporta una pieza que faltaba a la historia argentina y marca incluso una línea que llega a la actualidad. Y llega definiendo cuestiones importantísimas, en las que, incluso después de todo el tiempo que pasó, se juega el bienestar de la mayoría. Tiene que ver con ciertas realidades en las que vinimos cayendo desde que la Argentina lleva ese nombre.

Pero la contradicción permanece dormida, a pesar de ser secreto a voces en el ámbito universitario, no la conoce ningún taxista.  San Martín sigue siendo vitoreado en las escuelas primarias, y hasta en las conversaciones de porteros vecinos manguera por medio.  Es una parte importantísima del ser nacional y su figura aparece casi siempre rodeada de los colores patrios.

Un día, un gobierno decide ponerse en contra de los que explotan y manipulan a su favor la cuestión ésta, en la que la posición de San Martín es fundamental. Pero lo hace mal, salta en el charco, salpica, grita. Se pone en contra de San Martín, perdón.. no, se pone en contra de la Patria. Es la Patria la que es atacada, el mito fundante.  Los que no llevan años de preparación en el cinismo sano que da la intelectualidad se horrorizan. Y como San Martín vive en el terreno de la identidad, del ser nacional, es en ese mismo terreno en que se construye la oposición al gobierno. Se vuelve una cuestión de identidad, de ser nacional, el oponerse. La gesta sanmartiniana inspira euforia, como aquella que vivó a los reconquistadores de Malvinas. Está en peligro la patria! ¡El ser nacional!

Bueno, nada, en verdad no pasó con San Martín todo eso. Pasó con el campo. El campo tiene una aureola indeleble, que viene de su auge a fines del siglo XIX, de la mano de los gobiernos liberalconservadores aristocráticos. Parece que es más fuerte como mito fundante eso de “granero del mundo” que cualquier recuerdo de libertades e igualdades soñado en 1810.  Pero es un recuerdo falso.  Si a la Argentina le fue bien no fue por el liberalismo, sino porque hacíamos juego con Inglaterra, que necesitaba lo que producíamos. El mundo cambió para siempre a partir de la década del 30, pero en la Argentina se mantuvo la idea de que el campo era la Patria, que la industria era una carga intrascendente, inviable económicamente.

¿Qué hubiera pasado si en vez de tener esos gobiernos liberales, que garantizaban que las oligarquías argentinas sean admiradas por sus lujos en París, hubiéramos tenido un gobierno al que le importe el desarrollo? Quizá con retenciones, para aprovechar esa bonanza y consruir un país, por ejemplo impulsar la industria incluso aunque económicamente en esa época no convenía tenerla. ¿Para qué? Si la proveían los ingleses… ¿Educar técnicos? ¿Para qué? Si vienen técnicos gringos que hacen todo.. ¿tecnificar el campo y aumentar la productividad? Naahh… Si tenemos tanta tierra… Los gobiernos liberales aseguraron, quizá, me parece, que desperdiciemos esa época mundial, época que no volverá. Ningún país se vuelve hoy desarrollado por su campo, y a los defensores del campo no les gustaría saber cuáles son esos países en los que lo agrario representa números gordos del PBI.

Pero la sociedad no sabe estas cuestiones, creé que fue el liberalismo el que causó la bonanza. Y creé, en un país gobernado casi siempre por la derecha, que fue el populismo/izquierdismo el que arruinó. Así que los Kirchner se metieron con un tema complicado en la psicologia del país, que en parte explica el duradero rechazo que cosechó.

¿Cómo se sale de ésta? No lo sé, supongo que educando, contando, charlando con los demás. El choque con el campo terminó, pero la creación de una identidad anti-K persiste, no se basa en algo racional. Hay que ser pacientes, mostrarles que se puede ser honesto, independiente y apoyar al gobierno. Creo que pasa más por eso, por bajar un poco el volumen y acercarnos que por pelear a los gritos el último escándalo del día.

Pivoteando hacia la derecha

El gobierno de los kirchner se enorgullece de nunca reprimir piquetes, de no usar a la policía contra manifestantes de ningún tipo. La gente, de antikirchnerista nomás, deduce que como el gobierno siempre está equivocado, lo correcto debe ser arrasar y restablcer el orden. Y entonces lo que era un orgullo hace algunos años, aparece como una testarudez políticamente ineficaz.

El gobierno se enorgullece de instaurar la asignación por hijo, largamente pedida por varios. Y la gente aprende entonces que ser antikirchnerista implica pensar que eso es una barbaridad, que eso es darle plata a toda esa manga de acomodados privilegiados que son los pobres y los indigentes.

El gobierno fomenta la aprobación de una ley de medios fuertemente antimonopólica, y la gente pasa a defender y sostener a los monopolios afectados, una defensa que antes no hubieran asumido.

Ni que hablar de la apuesta del gobierno por los derechos humanos, porque eso también provoca el corrimiento hacia posturas y opiniones que hubieran sido impensables hace algunos años.

Y todo esto sucede porque el antikirchnerismo se convirtió en una opción visceral, irracional, alrededor de la cual las otras opiniones deberán acomodarse. Y así, la sociedad pivotea hacia la derecha.