Vos creés en algo, un par de ideas, a veces resumidas en consignas, a veces sublimadas en gustos artísticos. Idealmente creés en eso porque, para vos, esa es la verdad. Sí, bueno, hay algún componente arbitrario: en el fondo yacen algunos axiomas fundamentales, emocionales. Decisiones tomadas acerca de qué es justo y qué no, listas ordenadas de valores. Pero sobre eso se articula un pensamiento que idealmente debe ser consistente, ordenado, a partir de esos principios. Y en la superficie de tanto pensamiento, nadan algunas consignas. Y no creés en ellas porque sí, por la forma particular que tengan, sino porque, en el marco de los propios axiomas de valor, es la verdad. Si no fuera la verdad, si vieras que la verdad fuera otra cosa, creerías en esa otra cosa.
Si tenés la verdad no te puede dar miedo perderla. Y por eso hay que animarse a discutir con cualquiera, en la calle, en un bar, en el colectivo. Hay que saber callar al otro con argumentos, ganar el ajedrez de las mutuas refutaciones. El día que no puedas refutar al otro, tenés que sentarte a pensar, a analizar, preguntar a otros, y quizá cambiar de idea.
Básicamente es estar con la guardia baja en las discusiones, mirar a los ojos al otro y tratar de entenderlo, jugar con sus ideas. Si no funciona eso de la guardia baja, entonces es que no vale la pena seguir la discusión.
Y esta gimnasia te va a llevar a que cada idea que tengas la puedas fundamentar. Uno no empieza pudiendo fundamentar todo, y quizá no se termine nunca, pero es un ideal.
Caminando por los debates así, con cuidado, pisando livianito, nos garantizamos solidez. Mucho mejor que emprender defensas fuertes, que sabemos falsas pero efectivas en callar al otro. Si nos mostramos completamente racionales en lo que pensamos, y nada de lo que decimos es por fanatismo, entonces estamos en una posición mucho más fuerte para debatir.
Algún programa de televisión que defiende a cierto gobierno, por poner un ejemplo, se beneficiaría si abriera más el juego, bajara más la guardia y fuera un poco más justo. Se puede tirar la pelota lejos, porque confiamos en quién tiene razón, y sabemos que va a volver, y si no.. no valía la pena.
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