La homeopatía

Lo alternativo tiene su atractivo. Eso de que, claro, “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”. Y no una historia cualquiera, olvidada y obsoleta sino “la verdadera historia, quien quiera oir que oiga!”. Y si a eso sumamos cierta desconfianza de la modernidad, obtenemos un buen clima para una medicina antigua, ancestral, que la ciencia ha querido callar y… ¿por qué? ¿por qué oscuros intereses?

Sin embargo, lamentablemente la homeopatía no merece nuestro respeto. Como la religión, es algo que mucha gente puede defender sólo porque la desconoce. Y llena las lagunas en ese conocimiento con un optimismo infundado. Un claro ejemplo de este mecanismo es el hecho de que casi todos crean que la homeopatía es una medicina basada en el uso de hierbas, o que tiene alguna cuestión natural entre sus principios. Nada más alejado, ya que todos los remedios homeopáticos son siempre venenos o tóxicos diluidos, bueno: casi.

¿Cómo venenos diluidos? ¿Acaso no tiene la homeopatía una explicación relacionada con.. con… la… energía?

No. Ese es un ropaje “new age” que se le pegó después. Cuestiones de marketing. La cosa es que la homeopatía es una técnica médica creada antes de la aparición de la ciencia médica moderna. Es el pensamiento mágico y simplón aplicado a la medicina.

La cosa es así: Se descubrieron las vacunas. Como supongo todos saben, las vacunas clásicas funcionan inyectando en el paciente el mismo agente que causa la enfermedad, pero atontado. Es para esas enfermedades que uno no vuelve a tener, ya que generan inmunidad. El plan es entonces enfermarse muy levemente, pero lo suficiente como para que quedemos inmunizados. Eso explica por qué después de muchas vacunas nos puede venir un poco de fiebre: son los síntomas de esa leve enfermedad provocada que dará paso a la inmunidad buscada.

Claro que cuando esto se descubrió no existía el conocimiento para explicarlo. No se sabía demasiado… de bacterias, anticuerpos, etc. Y a alguno se le ocurrió llevar esa lógica de pensar más allá y decir: “ajá, lo igual cura lo igual”. Cualquier cosa que administremos atontada, funciona como remedio para aquello que provoca. Si tenemos sueño, tomemos cafeína diluida. La resaca? Y.. seguro la curamos con alcohol diluido. Uh! Estamos creando remedios homeopáticos! Sigamos: ¿Hinchazón en las manos? No sé… tendríamos que buscar alguna sustancia que provoque hinchazón en las manos, diluirla y ese sería el remedio. Bueno, justamente eso es lo que hizo el creador de la homeopatía. Le suministró a tipos sanos las sustancias venenosas más espantosas, para luego anotar qué síntomas les provocaba. Un amor!

Algunos remedios homeopáticos: Para irritación de ojos, resfriados…. extracto de cebolla, pero claro, lo vamos a llamar “allium cepa”, su nombre científico. El mercurio ataca y destruye el sistema nervioso (los mineros de la América conquistada terminaban sus vidas incapacitados por el uso de este metal en la minería). El síntoma de que el sistema nervioso no camina es en este caso temblores, cuestiones cerebrales. Así que seguro en cantidades diluidas cura cosas… obvio… ¿no? Onda.. la tos, y la falta de memoria.

¿Te damos mercurio?

Casi. Lo dicho anteriormente no era suficientemente ridículo. No, no sólo hay que diluir el patógeno elegido, sino que hay que hacerlo hasta el ridículo con un proceso llamado “sucusión”. Un nombre elegante para “agitar con fuerza”. Se le ocurrió al creador de la homeopatía que cuanto más diluida estaba la sustancia, más poderoso sería el medicamento. Entonces se usan en la homeopatía diluciones del orden de 10100, es decir un uno con 100 ceros. ¿No será demasiado? ¿Podemos saber si queda algo de sustancia en algo tan diluido? Antes no se podía, hoy podemos. En esa época no se conocía cómo era la materia. Hoy se sabe que las sustancias están hechas de átomos, y se sabe qué tamaño tienen. Una manera de expresar ese tamaño es pensado que, por ejemplo, en 32 gramos de azufre hay 6,0222 × 1023 átomos. Es decir: un 6 seguido de 23 ceros. Si ponemos una cantidad similar a 32 g en un vaso de agua y lo diluimos uno en 10100… quedarían en el vaso 6×10-77 átomos… (el número se escribiría poniendo “0,” seguido de 76 ceros, seguido de un “6”). Es decir que en promedio necesitaríamos 1.66×1076 vasos para tener un átomo de azufre. Eso es más que todos los granos de arena de todo el planeta, elevados al cubo. O mejor dicho: Es altamente improbable que haya en todo el vaso de “medicamento” un solo átomo de la sustancia de la que supuestamente esperamos algún efecto. Es millones y millones de veces más probable ganar el Quini-6 que haya la más pequeña fracción posible de sustancia en el medicamento.

Cualquiera hubiera pensado que, descubierto esto, la suerte de la homeopatía estaría echada y pasaría a formar parte de la historia. No! No mientras haya clientes y negocio! Para eso inventaron una idea revolucionaria: El agua del vaso recuerda que alguna vez contuvo la sustancia. Es increíblemente absurdo. Hay que imaginar que si el agua “retiene la memoria” de que contuvo ese azufre… más va a retener la memoria de cualquier sustancia en la que estuvo infinitesimalmente en contacto en toda su ancestral historia: restos de detergente, sales. La misma saliva del que toma… ¿no borra esa memoria al estar en infinita mayor cantidad que el supuesto medicamento?

¿Alguien pudo probar que la homeopatía funciona? No, y no sólo eso… hay un premio de 1.000.000 de dólares ofrecido a cualquiera que pruebe que cualquier remedio homeopático funciona.

¡Pero hay gente que se cura! El médico homeopático hace una larga entrevista al paciente. Muchas veces el sentirse escuchado y atendido hace que la persona mejore. Hay estudios que muestran que esto sucede.

¡Pero los homeópatas son médicos! En Argentina los homeópatas son casi todos médicos. Pero no hay ningún conflicto en esto. Una persona puede ser médico y creer en la astrología. La homeopatía es algo tan estrambótico que camina por lugares completamente diferentes a los que transitó la carrera del médico. Un médico podrá ser un ingenuo creyente, o un activo estafador, no importa: no hace a la homeopatía más cierta.

En conclusión, una práctica que hace siglos tenía mucha lógica, basada en el “sentido común”, fue acorralada través de los siglos y retrocediendo y retrocediendo se terminó encaramando en un último refugio de sentido místico. Hoy el creyente de la homeopatía tiene que ignorar lo que la homeopatía es o, si lo sabe, defender que a pesar de que no se le halló ninguna eficacia, a pesar de que no hay remedio en el medicamento, a pesar de todo de alguna manera mágica: cura.

Ateos y agnósticos

―¿Creés en Dios?

―Mmnno…

―Entonces… ¿sos ateo?

―¡No! ¡No me insultes! Soy agnóstico.

La palabra agnóstico vendría de gnosis, conocimiento, y querría decir que uno no sabe. Que uno no arriesga nada y se queda en una posición mas bien científica de no concluir nada sin pruebas, ni que sí, ni que no.

Sin embargo yo creo que la diferencia entre ateo y agnóstico parte de una mala epistemología, una que les conviene a los religiosos. Según los creyentes, es el no-religioso el que debe aportar pruebas de que Dios no existe. Y así el espacio de los no-creyentes quedaría dividido entre los que creen que hay pruebas y los que no. Sin embargo esto es falso. Son ellos los que tienen que aportar pruebas. Es imposible demostrar la inexistencia de algo, porque eso implicaría recorrer exhaustivamente un mundo de infinitas posibilidades y combinaciones. Y si bien uno encuentra numerosos indicios de que no hay una voluntad ordenadora en el mundo, es imposible demostrar que no hay un dios escondido en algún rincón, quizá con una lógica tan incomprensible para nosotros que su ordenamiento del mundo nos parece arbitrario.

La declaración de un ateo que dice que no cree en Dios tiene implícita, como casi toda proposición científica, un “hasta ahora”. Hasta ahora, hasta lo que sabemos, Dios no existe. Porque decimos que algo “no es” hasta que nos llegan pruebas. No nos ponemos a dudar si habrá una indemostrable tetera orbitando marte hasta que nos demuestran exhaustivamente que no. Un agnóstico entonces, les concede a los religiosos que es necesaria esta operación imposible de demostrar la inexistencia, pero tal cosa no existe. Y como no existe, tampoco existe la diferencia entre ateo y agnóstico.

En realidad, la palabra “agnóstico” viene a cumplir un rol psicológico. Es una manera de ser ateo esquivando una definición que suena tan mal. Pero en verdad es una falla en la autopercepción de lo que se cree. Los agnósticos son ateos, aunque lo nieguen.